
Por Eugenio Norambuena Pinto - Escritor Chileno
A la memoria de Daniel Zamudio, asesinado a los 24 años por un grupo neonazi. Parque San Borja, Santiago de Chile. Marzo 2012.
Nació con las alas más hermosas del Edén, colores pasteles, mezclados con el rojo de la sangre y el azabache de la noche. Las antenitas, amarillas y frágiles, le crecieron cuando dio el salto mortal, en el primer vuelo que hizo por el cielo del jardín.
Fue aquella vez, cuando su abuelita de alas caídas aplaudió su ímpetu y autenticidad.
Se lanzó a volar junto a los otros niños, mariposas nocturnas en equinoccio de otoño, instantes de luna llena, fiesta que celebrar.
Pero allá abajo, entre la sombra de los cardos borriqueros, los arácnidos peludos que no podían alcanzar vuelos de libertad, envidiaron el desplante asumido de ese niño, nacido en el nido bien formado, que ellos jamás tuvieron. Ninguno, había sido criado con amor.
Daniel, mariposa nocturna en especie de extinción, amado desde oruga por su abuela, una polilla sabia y trabajadora, amiga de la Naftalina, la criadora que lo amamantó con mamas tibias, llenas de leche.
Compartían una caverna en la corteza de un manzano, frente a la iglesia católica San Borja; silenciosa, vacía por dentro, fría, indiferente.
Daniel, ángel volador de ojos amarillos y mejillas naranjas, amigo de los grillos y los zancudos, suave como la brisa que menea el rosal del parque, espontaneo como lluvia de invierno que moja al Estado.
Esa República gobernada por la ley de la selva y no la del vergel, aborrecía su esencia pura. Fue a orilla del brasero, bebiendo el polen del clavel blanco, cuando confió a su abuela, aquella homosexualidad, con miedo y en secreto, pues en ese parque era mejor
llevar una falsa vida heterosexual, para no ser condenado.
- “Pero mi polillito”- le dijo su Yaya- “Jamás sienta miedo o vergüenza, porque usted es valioso, inteligente, el pollito que va a cambiar este huerto de vanidades”-
Entonces él, movía las alitas y salía a bailar con sus amigos, sabiéndose lo que era.
Sin miedo, sin mentir, rodeado por sus amigos luciérnagas, danzando coreografías aéreas, que lo hacían ver dentro de una glamourosa aureola estelar, una ópera, entre las copas de los árboles y el suspiro de la Alameda.
-“¡¡Waw!! ¡¡Miren como esa polilla baila entre las luciérnagas!!”- gritaba el público humano, pisoteando el nido de las arañas.
-“Ese mariposón tantos amigos que tiene”- decían los arácnidos, arañas de rincón, codiciosos de atención.
Los claveles y las calas, se abrían cuando la música profana de su aleteo, salpicaba el talco oloroso de su piel. Los apasionados nocturnos, se batían en besos de arboleda, después de cruzar la reja añeja que rodeaba el parque, en el descuido de los guardias, abriendo paso por las tinieblas de la fotosíntesis.
En el parque San Borja, se amaba hasta las tantas de la noche, hasta que la mariposa nocturna se iba a dormir, recién entonces, el romancero cerraba y el humano se retiraba.
Pero todo se secó, desde raíz, dijeron los biólogos, cuando descubrieron que la sangre allí derramada, pudrió el suelo y convirtió el parque en un desierto de dunas, donde nunca más nada germinó.
Fue la noche que Daniel se alejó del manzano, para acercarse al foco sensacional que ofrecía su destello artificial, en noche sin luna, como la de aquella. La luz del foco lo cegó. Lo atrajo hasta ese rincón lleno de arañas, a los pies del cristianismo de cemento.
Se enredó en la tela. El veneno en el diente de esa otra especie, fue enterrado en su corazón. Las arañas lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Le apagaron cigarros en el cuerpo. Le desfiguraron la cara. Le arrojaron varias veces una piedra en el estómago, en el rostro, y en otras partes del cuerpo. Le arrancaron una oreja. Le rompieron una botella en la cabeza, y le dibujaron con pedazos de vidrio, tres cruces esvásticas en la piel.
Hicieron palanca con una de sus piernas, hasta que el hueso cedió y se rompió. Lo hicieron porque veían en esa polilla, la reivindicación de los traumas, que alimentaban la sangre negra del veneno. Marcaron el dogma en sus alas, para que nunca más pudiera volar con esa libertad escandalosa, que atraía la mirada de los enamorados, esos que se perdían de noche en el parque, para mirar el cielo.