Enviado especial al show de un artista muy especial
Daniel Johnston y nuestros cuerpos rotos

Texto y fotos: Joaquín Correa
Muchas radios dicen ser el lugar donde el rock vive, pero definitivamente no es el hogar de Daniel Johnston, cultor de un rock que está en las antípodas de lo que mayoritariamente se acepta como “rock”. Reporte exclusivo para La Voz Joven
Sé que el rock ha de salvarme la vida. Confío en él como muchos otros se entregan a las religiones, la meditación, las drogas o la militancia. Viajé un tren, uno de esos trenes bala, varios tranvías, un pequeño barco y un avión para poder ver a Daniel Johnston en una de sus raras e inhabituales presentaciones en vivo, sabiendo que el precio a pagar era el impiadoso regreso a casa con el cuerpo entero y a pedazos.
01. Welcome to my world!
I don´t remember my dreams, but some people do. Some people remember my dreams for me.
Daniel Johnston comenzó una pequeña gira europea y una de sus paradas era en Nantes donde, además, se inauguraría una exposición sobre su obra gráfica, “Welcome to my world!”. Fui a buscar mi entrada antes para pispear el lugar, el campo de juego, el terreno de acción. Le lieu unique parece un viejo castillo o una fábrica premoderna rediseñada de modo muy chic, conjugando pasado y presente, abandono y esa supuesta avant garde a que nos tienen acostumbrados los niños bien del diseño canchero y perezoso. Me dieron un sobre con mi nombre en el centro, el de Daniel al costado superior derecho y una entrada que sólo me costó diez euros por ser “estudiante”.
Volví más tarde para meterme en la inauguración de la muestra y aprovechar el vernissage, que en cierto modo es una de las formas recurrentes que encuentro en mi vida europea para hacerle caso al mandato materno: “no comás mucho hoy que después tenés un cumpleaños”. La exposición estaba organizada por temáticas, períodos, técnicas y personajes. Intentaba ser una introducción al mundo de Daniel Johnston, pero poco se explicitaba de sus obsesiones por crear una mitología personal que sea capaz de organizar el mundo exterior -siempre tan ajeno, tan extraño, siempre tan afuera, tan lejano- y le posibilite mantener alguna especie de diálogo con los otros. En las entrevistas y los folletos de la muestra sus curadores presentaban el problema de su necesario encasillamiento para el receptor: si deberíamos hablar de un artista bruto o de un outsider. Aunque más bien el esfuerzo debería estar dirigido en otra dirección: relacionar su arte no ya con su fama ni con el exorcismo de sus problemas mentales ni mucho menos aún con la estigmatización de su personalidad sino con la voluntad de producir una obra complejamente codificada que sea el medio para presentarle al mundo su visión de las cosas, para transformar lo cotidiano, reinterpretarlo y recrearlo bajo sus parámetros y, sobre todo, para sacarse de encima eso que lleva dentro.
Al principio la sala de la exposición estaba llena pero poco a poco, como por un raro fenómeno de ósmosis, toda la gente fue pasando a la sala contigua, donde se había dispuesto el milagro del vernissage. Más tranquilo, me dediqué a ir dibujo por dibujo, objeto por objeto. Podría contarles acerca de sus preocupaciones por el fin del mundo, por el poder del Demonio, de su fe en el amor eterno y en una pronta revuelta, de la épica construida alrededor de la lucha del Bien y el Mal, de sus técnicas surrealistas, sus cuerpos mutilados, su cristianismo pop esotérico, de su compleja utilización de lo simbólico, de cómo sus personajes viven dentro de un ciclo de la inocencia y la experiencia donde la corrupción o el amor deciden la forma del cuerpo y el deseo, podría, en fin, adentrarme en sus nuevas obsesiones (Hitler desde alrededor de 2006 o los patos del espacio) o desplegar todo el halo de relaciones que se tienden entre su música y sus dibujos. Podría hacer todo eso y lo podría hacer, sin dudas, bastante bien, pero yo también fui seducido por el vernissage y el mandato materno que siempre pesa más.
Pasé al vernissage y estallaba de gente. Frente a eso, mi primera reacción fue el espanto y la huida. Pero no, había una mesita llena de libros, cds, vinilos, dibujos y postales de Daniel Johnston. Me acerco a mirar y una señora me habla desde atrás y me pregunta si yo había ido al mediodía a buscar las entradas. Le contestó que sí, que era yo. Me dijo que me reconoció, bueno, qué bueno, le digo, ya bastante ausente. Mucho más no podía articular: vagando mi vista por las cosas que había en la mesa me doy cuenta que el hombre que está duro sentadito ahí nomás, a cinco metros, duro con un fibrón en la mano, es Daniel Johnston. Le digo a la señora que si puedo acercarme a aquel hombre, ve, ese, Daniel Johnston, y pedirle que me firme un libro. Que sí, que cree que sí, pero que en realidad no lo sabe. Le digo hasta pronto y la dejo hablando. Voy, tímido pero decidido, acercándome. Como en esos sueños imposibles el camino se empieza a poblar de gente, gente que habla otro idioma que yo conozco pero que mis nervios bloquearon. Mucha gente, y estaba tan sólo a cinco metros. Pero soy argentino, me vine desde el culo del mundo y esto es poco, intento decirme para calmarme.
Me pongo cerca de donde está Daniel Johnston. Lo registro: sí, es Daniel Johnston, tiene un fibrón azul en la mano derecha, un vaso de plástico con muy poco vino y dos lapiceras alrededor suyo en la mesita, el conjunto de gimnasia, de buzo estirado y zapatillas enormes. Se arma la fila y yo que, claro, todavía sigo perdido en mi mundo interior, me quedo a un costado. Se adelantan tres o cuatro amigos, grupo cada vez más numeroso con el paso del tiempo y la ansiedad. Se adelantan, pero Daniel Johnston se tildó. Se tildó, no responde: el fibrón suspendido en el aire, la mirada perdida, los promotores del show y la gente encargada de cuidarlo que se miran. Se tildó, pero la señora de al lado le hace señas a los chicos, que le pongan la hoja en frente y ahí sí, reacciona, adelante, sin miedo, parece querer decirles. Estímulo respuesta, un hombre joven liquidado por los psicofármacos y las instituciones psiquiátricas: sigo pensando para mis adentros mientras que el libro que tengo entre manos pronto va a disolverse en el sudor y claro, llega mi turno, pero una madre y su engendro con trencitas rubias procreado por la maldición se me ponen delante. No pasarán más, y ahí sí, arremeto hacia el dios. Tiro la mochila, la cámara, deposito el libro en su mesa. Le hablo, le digo que soy de Argentina, que ahí tiene muchos fans, que justo hoy estaba paseando por Nantes y que en un comic store vi a Casper y al Capitán América, le doy gracias, pierdo noción de si lo que estoy hablando es francés, inglés o castellano, le vuelvo a dar las gracias. Mientras tanto, sólo puso su nombre con el pulso de un niño de jardín de infantes sobre el cuaderno, me dice que ese libro le gusta mucho, que está bien, y le digo, le respondo, trato de responderle, que sí, que es genial y le doy una pequeña libretita de Magritte y le pido si por favor podría hacerme a Jeremiah The Frog ahí mismo. Empieza a dibujar ojos, cabeza y pico de algo que, él también llega a darse cuenta, no es su famosa rana. Se tilda, se vuelve a tildar por unos breves instantes que son la eternidad hecha de mil latidos por milésima de segundo, hasta que corre la libretita y se pone a dibujar en el libro. Lo que estaba haciendo, entiende, entiendo, no era su rana, sino un pato, un pato que, ahora, le hace compañía al Capitán América. Le vuelvo a decir gracias, gracias, gracias y él responde “thanks buddy” y algo que mis nervios tradujeron como “espero que te guste el show de mañana, aunque no sé si podré hacerlo bien, no sé muy bien qué va a pasar, sólo espero que salga y ya”. Sí, era Daniel Johnston.
02. Songs of pain
When I die, there´ll be no music. 100 years after I´m dead they´ll
resurrected my body and turn me into Frankenstein. Then I´ll tour with the Beatles
and the Butthole Surfers. There´ll be music like there´s never been music before!
El show de París tenía como telonero a Jad Fair, figura mítica y omnipresente -con su banda Half Japanese- en las listas de canciones y discos favoritos que Kurt Cobain realizaba obsesivamente una y otra vez en sus notas y cuadernos. Pero en Nantes se anunciaba sólo a Daniel Johnston. Grata sorpresa fue, entonces, llegar al Lieu unique y ver su nombre en los afiches.
Lo que hizo Jad Fair sobre el escenario fue algo que nunca antes vi en mi vida: rock en estado bruto, distorsión, ruido, improvisación, rock, participación del público en las letras que se iban creando. Rock, ruido, más rock. Su guitarra sufría los embates de la emoción; los pedales, los golpes del diapasón y el clavijero, mientras que el baterista trataba de seguirlo, de algún modo. La guitarra se doblaba por el cuello, las cuerdas estaban muy tensas y las desafinaba todo el tiempo. No tocaba acordes, tapaba las cuerdas o las tocaba al aire. Cantaba, hablaba, hacía rimas, se movía con agitación, bailaba. Variaba el sonido de los pedales o el ritmo de su mano derecha. No sé cuánto duro, pero después de eso Daniel Johnston sólo tenía que cantar una canción para terminar con nuestras vidas.
La breve espera quiso presentarse interminable. Me dediqué a ver el techo, la única actividad posible post-Fair, y descubrí que estaba cubierto de… ¡tachos de gasoil cortados al medio! Increíble, como si los miles y miles de puestos de choripán argentinos hubieran sido enviados hasta el norte para producir la acústica de esta sala remota. La sorpresa fue devolviéndome lo que de humano me quedaba y al fin, llegó Daniel, saludó con la mano en alto y agarró su pequeña guitarra. Sus manos se negaban a hacerle caso y se empezó a fastidiar al no lograr hacer coincidir acordes con letra. Confuso, hizo dos canciones, agarró sus cuadernos y se fue. Temimos lo peor.
Pero no. Volvió con su nueva banda e hizo un set impecable. Todas las canciones que alguna vez pudieron ser éxitos pero que están firmadas por sus recaídas: “The Beatles”, “Rock ´n roll / EGA”, “Walking the cow”, “Love enchanted”, “I had lost my mind”, “Peek a boo”, “Man obsessed”, “Don't let the sun go down on your grievances”, “Speeding motorcycle”, “Funeral home”, “Story of an artist”, “Life in vain”. Habló poco durante el recital, preguntó de qué país veníamos, daba gracias, muchas gracias, anunció una canción para su amigo (“Casper the friendly ghost”), otra como adelanto del nuevo disco (el soundtrack de su primer libro de historietas recién editado, Space ducks) y otra como regalo de navidad (“True love will find you in the end”) con la que cerró el set. El público aplaudió durante cinco minutos hasta su regreso. Se puso frente al micrófono y dijo que esta canción podríamos cantarla todos juntos, si queríamos. Hubo unos acordes en el teclado pero rápidamente fueron abandonados a la par que los tímidos coros del público se apagaban en el silencio para dejar a la voz de Daniel en soledad cantar “Devil town”. Y ahí sí, ése fue el fin.
El mejor relato de sus años que pueda hacerse está escondido en su voz, ese espejo del tiempo que guarda la inocencia, la plenitud de la niñez y la oscuridad de la ira adulta. El Daniel Johnston de voz de boca con menos dientes y sonidos sibilantes que me cautivó era el estado actual de aquel joven de voz finita y secreta que grababa casettes en el sótano de su casa y los repartía como regalos en la calle, al que ácidos y psicofármacos le arruinaron más de una vez la carrera, el que compulsivamente toma coca cola y fuma cigarrillos de mentol, el que vive dentro de su mundo en un eterno loop de la memoria, rodeado de comics y discos en un departamento pegado a la casa de sus padres, el que a pesar de todas las frustraciones y fracasos que atormentaron sus días sigue creyendo en el arte, agarra la guitarra aunque le tiemblen las manos y canta que el verdadero amor ya nos va a encontrar. Ése es el Daniel Johnston que yo vi, de una presencia que puede producir pena o compasión en los más estúpidos pero que es el amor hecho forma, la fragilidad, voz y el sentimiento, cuerpo. Siente que ha llegado hasta aquí con los brazos cansados, que sus fuerzas no son las de antes, que el infierno cotidiano es imbatible, pero sabe que puede hacerlo, que puede hacer el rock como quisieron los Beatles y que él, el hermoso perdedor, el fantasma amigable, nos pondrá a salvo otra vez. A nosotros sólo nos queda buscar un poco de pegamento e ir juntando los pedacitos del alma que se han ido rompiendo con el paso de las canciones.
03. Epílogo
Escuché la voz del fantasma del rock. Escuché las canciones del dolor, el sufrimiento, la soledad y el fracaso. Vislumbré la enfermedad en su voz, las convulsiones en su cuerpo de niño arrasado. Conocí al hombre que fue remera antes de haber muerto, aquel que supo ser el ídolo de los quemados. Conocí al hombre condenado a la indecisa habitación entre el loop de la memoria y el resplandor del futuro. He sido parte de algo único: el canto de aquel a quien el rock le salvó la vida. Mi alma y ser se disolvieron en el silencio de esa atmósfera cargada, densa pero frágil que la voz y presencia de Daniel Johnston crearon y disolvieron con su partida.





















