Exposición de Mariano Molina en el Art Hotel

Cuando la pintura se transubstancia en reflexión


Por Juan Francisco Acuña - Artes

El artista Mariano Molina en una muestra donde juegos lingüísticos son puestos en cuestión en clave plástica, a fin de crear posibilidades de construcción reflexiva sobre los alcances polisémicos de la imagen.

Un estado de extrañamiento, de turbación, de inquietud que lo es más por creer efectuarse un ejercicio que se llega al punto de familiarizarlo, de considerárselo casi habitual: contemplar imagen. Una obra, encausada claramente dentro de un lenguaje reconocible por aquello que se deja mostrar en primera instancia, pero que a pesar de sus cualidades identitarias, resulta no contentarse con el solo uso de aquello que le da su razón existencial, pudiere tal vez apreciarse en la exposición que el artista acaba de inaugurar el pasado miércoles en Art Hotel de Barrio Norte.

La inadecuación de un lenguaje que pareciere querer ser otra cosa o más que sí misma, hacen por lo menos propender una interpelación al entrar en contacto e identificar el canal de lectura. Ir a tientas hasta tomar la dirección o direcciones para orientarse en clave de qué dialogar con la obra, implica en el mejor de los casos un involucrarse a costa de no sólo un disfrute, sino muy por el contrario, como todo hecho de reflexión: un esfuerzo mental, que indefectiblemente requiere tiempo y que calará mal que nos pese o no, retumbando en nuestro interior.

Difícilmente puedan encontrarse objeciones sobre la notable presencia icónica de la obra de Mariano Molina, puesto que su factura e impacto visual hacen de ella una pintura frente a la cual no se sale indemne. El impacto que ellas poseen, hacen que por la solo imagen se valgan a sí mismas y resulten merecedoras de la admiración que se evidencia en quienes las aprecian. Son obras que denotan claro dominio en su resolución, donde nada parece escapar a designios del autor. Aunque, sin embargo, parecen haber cosas que escapan al control de su realizador: un misterio desbordante, que rebalsa, dando lugar a sentidos no previstos, creados por los inquietos actores que, sobrepuestos del cautivo visual, someten esas imágenes a análisis.

El artista supone un emparentamiento con predecesores del Pop y el Op, que si bien posiblemente uno pudiere coincidir con ello por lo resoluto de sus lienzos, por el bagaje del cual se vale, como así también por la excitación retiniana a la cual acude en algunas de ellas. No obstante, la semantización que en las mismas subyace y la dialéctica lingüística que pone en juego en sus obras cuanto nos permitiría vislumbrar son tránsitos hacia otros caminos que resultan tal vez menos fácilmente aprehensibles, para los cuales aún no haya rutas trazadas o identificadas en los mapas, generando incertidumbres, inquietudes y obligando a conjeturar sin preconceptos.

Los lazos parentales que pueden verse en la obra de Molina, no necesariamente determinan continuidad de preceptos genealógicos. Uno porta una historia consigo, la cual tiene un respectivo peso, pero ello no implica una veneración que devenga en sostén de una tradición en la dirección profesada por sus progenitores. Ya que un camino, por más claro y definido que fuere, puede poseer grietas, bifurcaciones y cambios de ruta. Filtraciones que acaecen en contaminaciones, que contrariamente a cuanto pudiere asociarse, no hace mas que nutrirla con matices, obligando un distanciamiento de sus mayores, de sus predecesores. El artista tal vez propone una especie de orfandad que puede erigirse sola, sin resguardo, prescindiendo de paternalismos, hasta el punto de vislumbrarse en sus trabajos des-obediencias, no como meros actos de rebeldía, sino como fruto de profundas reflexiones materializadas plásticamente.

Este corpus de obra, esta creado en pos de discursividades que no sigue mandatos parentales, que hace dificultosa su inscripción por su no conformismo a las cualidades intrínsecas. Una imagen que turba, no por su oscuridad puesto que su profundidad esta filtrada cromáticamente. Es una pintura que puede proponer más de un estadio de diálogo que aquel natural asignado con el de la presencia icónica. Un tipo de excedente que se aprecia imposibilitado de absorber en un espectador, que busque bastarse con la sola superficie de la imagen, por más atractiva, notablemente rica y cautivante que esta fuere. Puesto que  eso que evidencia, no sólo es tal, sino que quiere ser más; es una imagen de exceso devenida en reflexión.

Mariano Molina. Obras del 2005-2010, de las series “Wor(l)d Game”, “Reflexiones sobre la imagen” y “Textuales”. Hasta fines de febrero en el espacio de exposición de ART HOTEL, Azcuénaga 1268 (Arenales y Berutti), CABA.