Imágenes literarias
Rebeldía de palabras ausentes

Por Facundo Vernä Elorza - Escritor
Llegué de la playa, exhausto y con hambre voraz. Nadé por largas horas. Peces miedosos y escurridizos. Subo dos pisos por las escaleras que alguna vez fueron lugar de encuentro y testigos de pasión. Crujen los escalones...
... Son las 20 horas. Ir a la playa significa olvidarme de los problemas, dejo de ser el centro repetitivo de la desdicha. Siento el abrazo caluroso de la espera. La soledad se cuece al calor. Le agrego sal y limón al pollo. Ya casi está. Jugamos a ser niños. Ingenuos. Irresponsables. Aprendemos a besar. El mundo es nuestro reino cercado por fosas y murallas de mentiras y seducción. Jinetes montan unicornios. Trompetas silenciosas, anuncian nuestro encuentro. Escondidas. Cuento yo primero. No hagas trampas.
La heladera está vacía y las botellas de agua sin llenar. Debo salir de compras. Más tarde. También falta detergente, pagar cuentas y comprar curitas. Me corté el dedo con un vidrio. Ahora no tengo ganas. Encuentro circular y dicotómico. La música de la murga resuena. Bombos y platillos, acompañan la disconformidad hecha pasos y sudor. Trajes coloridos. Zapatillas rotas. El blanco es negro. Mañana y pasado regresaré. Voy a tomar sol. Tengo crema bronceadora y una manta roja, azul, naranja, verde y rosa. Líneas paralelas. “El sábado tal vez no pueda”. “¿El domingo?” “Estoy ocupado”. “¿Querés oír eso?” “Perfecto”. “¿Eso querés?” “Basta”. “La pasé bien”. “Pero este bar no me gustó demasiado. El del otro día estaba mejor”. “Sí, te entendí”. “Tus ojos son bellos”. “Tu mirada profunda”. “Me gustás”. “Te gusto”.
Mis pies aún están mojados. Hay arena entre mis dedos. Las huellas en los pisos de madera me delatan. Se oyen murmullos en los pasillos del edificio y se mezcla el olor a tuco con los pescados sin freír de la vecina del 19. Me gusta nadar, junto con las aguas que se alejan hacia la isla de los recuerdos. Mi cuerpo como algas flexibles y atentas, dispuestas a luchar contra la marea del destino. Mi destino. Me hago cargo. La batalla es difícil. “¿Creés lo contrario?” “Excusas”.
La cama está deshecha. Ropa interior tirada a los costados. La tasa de café en la mesa de luz derecha, junto a un plato con restos de tostadas y mermelada de ciruela. Improviso en el desorden. “¿Acaso pensás que no lo sé?” No debería de hacer lo que hago. Pero lo hago. No es fácil silenciar el alma. Y no aprendo. Y si aprendo no obedezco. Risas en el piso de arriba. El bebé del departamento contiguo, llora desconsoladamente. Te sigo. Huimos poco después de encontrarnos. Porque no te pertenezco o no me perteneces. No somos objetos. Sí, mapas de un tesoro. Buscamos la felicidad detrás de los árboles, en la terraza. Egoístas. Hipócritas.
Mi vista se pierde en el regocijo del mar. Piedras, caracoles y arena recuerdan tu sonrisa. Los lobos dejan de aullar. Temen. Yo también. Y los fantasmas de la noche me desnudan al amanecer. Las cortinas, largas cortinas blancas, son las nubes, son las lágrimas de mis ojos, la culpa y la incertidumbre. Bailamos el vals. Me hablás al oído. Me tomás de la cintura. Me acariciás el rostro. El cuerpo. Nos pisamos. Armonía. Esencia divina. El viento. La oscuridad. Rebeldía de palabras ausentes. Caemos.
“Pedí la cuenta”. “Quince pesos”. “El mozo es un amargado”. “Hay una cucaracha en el café”. La observamos. “Dejá, no digas nada”. “Las facturas están secas” “¿Sentís culpa?” “¿Nos vamos?” Cada cual por su lado. “Cuídate, ¿me pedís?” “Vos también”. “Un gusto”. “Sí, un gusto”. “Lo sé”. “No me digas más”. Nos besamos por última vez.





















