Inspirado en la obra “Rosa Brillando”, de Juan Parodi con Vanesa Maja

Rulos blancos

brazos del mar

Por Facundo Vernä Elorza

Desde niño me gustó charlar con las abuelas. Mi madrina Betty, Amanda, Chita, Hilda y Nené eran parte de mis días en el pueblo. Partidos de chinchón por diez centavos la partida y empanadas fritas de membrillo durante los días de lluvia. Caminatas por la laguna del Monte. 

El fogón encendido frente a la costa. Hollinadas pavas. “Cha, che, chi, cho, chu”, me decía Amanda y me lo repetía una y otra vez. “Cha, che, chi, cho, chu”, repetía yo una y otra vez. Me gustaba buscar complicidad en sus historias. Charlar con las abuelas, me hace recordar a mi abuela Tona, aquella que perdí de niño. Hoy camina junto a mí, en mis recuerdos de joven que sueña, siente, crea y canta poemas a la luna de otoños y veranos.  

 

En memoria de mi abuela Tona

  

Mi corazón late fuerte cuando veo a una abuela con el cabello blanco y enrulado, que taconea acompañada de su bastón. Tienen la vitalidad propia de la experiencia. El amor a la vida se les escapa por sus ojos cansados, expectantes del momento presente y del abrazo para dar. Porque es volver a los brazos del mar y saltar vagones e imaginar que los charcos que se hacían en las vías, eran lagunas de patos y teros. Esos mismos teros que como dirían en el pueblo, anuncian la llegada de visitas. Era agradable escuchar decir eso, porque uno, con la picardía propia de la niñez, se sentaba en el cordón de la esquina a esperar que vengan los tíos del pueblo vecino. Por lo general venían los domingos y eran domingos repletos de alegría. Una verdadera fiesta.

     El tío Coco preparaba el pollo asado. Era un clásico. Y le ponía un cartón arriba, supongo que sería para resguardar el calor o para que los perros no se lo coman. Por su lado, la tía Nita hermana de mamá, traía torta de banana o facturas para tomar mate y álbumes con las fotos de sus nietas y nietos. Fotos que yo veía una y otra vez, buscando nuevas pistas y miradas. Esas nuevas pistas y miradas que nadie percataba, porque solo exclamaban emocionadas viendo a las primas y primos que crecían y crecían y no aquellos detalles que también eran parte de las sonrisas inmutables, como el reflejo del fotógrafo en los vidrios de la puerta entreabierta, detrás de los fotografiados, que sería el tío u algún primo mayor.

     Uno a pesar de que era niño, también era metido y se sentaba entre los adultos a escuchar sus conversaciones. Los niños tienen esa peculiaridad, que aunque se hagan los que no entienden de qué están hablando los adultos, en realidad sí lo saben y gozan con leves y distraídas sonrisas del momento de los halagos y huyen del momento del reto. Recuerdo que mi tío Coco, chiflaba imitando el canto de los pájaros y mi tía Nita, miraba a su esposo, abalando con todo el amor del mundo sus chistes y los muchos años juntos. Son cosas que te quedan guardadas, donde la poesía converge con los sonidos, aromas y colores. Admiro esas personas que pasan toda una vida juntos, compartiendo la improvisación de los amaneceres y anocheceres, tomados de las manos, besándose como si fuera el primer beso y el primer roce de cuerpos, que apuestan al compañerismo, al respeto y encienden la radio para dormir.

     Pasillo y patio entre puertas y habitaciones. Cinco de la tarde. Música. Masas secas y té. Allí estaba Irma, no la conocía, sentada bajo las enredaderas y árboles de estrellas, esperando entrar para ver la obra de teatro. Tal vez contemplando su interior. Queriendo resguardar algo de su pasado. Su bastón al costado. “Era de mi suegro” y me mostró el arreglo que le había hecho. Yo también esperaba ver la misma obra, me inspiraba el nombre “Rosa brillando”, una invocación a la poética de Marosa Di Giorgio, poetiza uruguaya. La misma imagen de abuela que tanto adoro. Fui directo a ella. Me senté en el mismo banco. A su lado. Intuición e intención. Me hacía el distraído. “Te pareces a un artista. Pero no me acuerdo a cual”, me dijo. La tomé del brazo para entrar a la sala. Regresamos al patio. Comenzamos a charlar con Irma de poesía, de esculturas y pinturas. “Tengo algo para vos. Acompáñame a mi casa. Durante cincuenta años junté cosas, ahora es tiempo de desprenderme de ellas. No me duele regalarlas, lo hago con alegría. Sé a quién le regalo cada cosa”.

 

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“Rosa es el nombre secreto de mi casa y de mi raza”

 

Aquella casa ubicada entre los barrios de Barracas, La Boca y San Telmo, llamada Querida Elena, es una invitación a la poesía. Un refugio del arte, donde todo se vuelve a recrear y uno se anima a suspirar y a soñar entre enredaderas, escalones y pasillos frescos. Emplumadas sombras. Coloridas gotas. Erotismo frutal. Luces texturas. Letras floridas. Enramada pared vuelan mariposas. Allí mismo frente al público. “El teatro además de la palabra y lo que uno escucha, también tiene que ver con lo visual y con otros sentidos. Una vez que tuvimos los textos que seleccionamos con Vanesa, solo quedaba darle forma teatral. Qué imagen, textura y color iba a tener. Fue ensayo y prueba. Nos divertíamos. No nos propusimos hacer un espectáculo que apele a la sensualidad. Apareció después. No sabíamos, por ejemplo, que el maracuyá - una de las frutas que come Vanesa en escena -  tenía tanto aroma que iba a impregnar toda la sala. Lo descubrimos una vez empezadas las funciones. Uno no come maracuyá todos los días.”, sostiene el director de Rosa Brillando Juan Parodi.

 

    

 

 

Facundo Vernä Elorza: ¿Rosa Brillando sería diferente en otra casa que no fuera Querida Elena?

Vanesa Maja: El espacio alimenta al espectáculo y el espectáculo alimenta al espacio. Podría ser la casa donde vivió Marosa Di Giorgio. Podría ser la casa donde se desarrollan muchos textos que se dicen en la obra. En este sentido, este espacio es único para este espectáculo. Sin embargo, hemos hecho funciones en otros espacios en donde también había algo de la magia que sucedía y lo que me parece importante siempre tanto en el teatro como en la poesía y en la vida es apropiarse de cada cosa en el momento en que está sucediendo. Si está vital eso, cualquier espacio está contando lo que se está diciendo en ese momento. “La actualidad soy yo siempre en el ya” decía Clarice Lispector. Eso es el teatro.

FVE: Es una casa como refugio del arte donde todo se vuelve a recrear. Lo bello de los artistas, es que pueden recrear las palabras ya escritas una y mil veces. Jugaron con diferentes texturas, luces y frutos ¿cómo fue utilizar estos recursos y llevarlos a la sexualidad?

Juan Parodi: Ya teníamos lo que era la palabra de Marosa Di Giorgio, que era lo importante y necesario. A eso había que agregarle y sumarle. El teatro además de la palabra y lo que uno escucha, también tiene que ver con lo visual y con otros sentidos. Una vez que tuvimos los textos que seleccionamos con Vanesa, era darle forma teatral. Qué imagen, textura y color iba a tener. Fue ensayo y prueba. Nos divertíamos. No nos propusimos hacer un espectáculo que apele a la sensualidad. Apareció después. No sabíamos por ejemplo que el maracuyá - una de las frutas que come Vanesa en escena -  tenía tanto aroma que iba a impregnar toda la sala. Lo descubrimos una vez empezadas las funciones. Uno no come maracuyá todos los días.

 

            

 

FVE: Vanesa, se te ve muy emocionada en escena. Somos todos sensibles. Había unos cuantos que estaban llorando con las palabras de Marosa Di Giorgio, ¿qué sentís cuando te encontrás en el cuerpo de alguien que hizo todo a través de la poesía?

VM: Trato de vivenciarlo siempre con esa intensidad, que es la misma intensidad que siento cuando leo su poética o cuando vos lees algo que decís “qué hermoso”. A mí me pasa mucho, a todo el mundo cuando uno lee y le toca esa fibra. Casi todos los textos me tocan esa fibra. Para mí es un lujo y un placer poder decirlo. Fue un trabajo muy grande el que hicimos con Juan. Él me guió a eso. A que el trabajo sea decir “eso” que ya es un montón. Si uno va diciendo “eso” con imágenes y abierto al lugar sensible, todo sucede. Es una poeta singular. Permanentemente vivió en poesía. Por eso este universo tan único el que retrata en sus escritos. La poética de Marosa Di Giorgio, está muy impregnada de erotismo. Más tarde, se volcó directamente a la poética erótica.

FVE: Poder transformar concepto de sombras en blanco y negro y contar la historia en sus diferentes gamas. ¿Qué sentido tiene para la poetiza las palabras casa, vuelo, plumas y libertad?

VM: La libertad y el vuelo, está muy emparentado con el mundo animal. Ella se compara con una mariposa. “Soy una mariposa alta de cabellos largos”. Siempre se está resignificando, como si todo tuviera vida.

JP: La mayoría de su obra transcurre en su casa. Todos los acontecimientos que ella narra, ocurren en el jardín, en el comedor, en una ventana. Pero siempre en el ámbito de la casa. La casa como universo de contención que está allí en ebullición. Marosa Di Giorgio decía que aún en la piedra más pequeña habita una constelación. Creía mucho en la vida interior.

FVE: Nos cuentan pequeñas historias. El público va creando pequeñas escenas e imágenes y también vuelve a su hogar y niñez. Lo que hablaba la poetiza “vuelvo a mi hogar”. Creo que cada uno de los que estábamos en la sala, volvimos un poquito a nuestro hogar primigenio.

VM :Ella siempre vuelve a su casa, a la infancia y a las chacras. Su poética está teñida de su casa. La casa como lugar material y como el nombre secreto que dice “Rosa es el nombre secreto de mi casa y de mi raza”. Es un poco eso lo que pasa con el público. También toca esa fibra en donde uno vuelve a su infancia.

JP: Palabras ya olvidadas.

VM: Nos pasa con personas de todas las edades. Señoras grandes que vienen nos dicen “volví a mi infancia”. Con gente joven también,

JP: Hombres y mujeres. Si bien el mundo que propone Marosa Di Giorgio puede ser muy femenino, es universal.

VM: Tiene que ver con la vitalidad de la naturaleza y de uno. Con la sensualidad que se puede encontrar en esta hoja.

 

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   Terminé de entrevistar al director y a la actriz de “Rosa brillando”. Despacio acompañé a Irma a su casa. Ella me tomó del brazo. Dos. Tres pasos. Nos deteníamos para hablar. Me seguía contando sobre su vida. Mirábamos la luna llena. “Llegué”, le grita al vecino. “Abrile luego a este chico cuando se vaya”. “Quédese tranquila Irma”, le contesta. En el pasillo había olor a sahumerios. Subimos las escaleras. Escaleras de madera blanca. Su departamento estaba desordenado. Pronto se iba a mudar. Había alquilado otro a una cuadra. Le costaba subir. Admiré que las subiera. Primero me mostró sus plantas. Un ficus y un bonsái. “Este no me lo voy a llevar”, me dijo acomodando el captus entre medio de otra planta. Al final una habitación. Todo a medio embalar. Libros. Esculturas. Pinturas de un buda celeste, del colorido barrio de la Boca, de paisajes y cielos divididos. Sillones y pinceles. El arte iluminó la oscuridad. “¿Ves esa pintura que está allá? Es para vos. La pinté yo”. La abrazo de la alegría. Le agradezco. Emoción. Era la primera vez que me regalaban una pintura. Era colorida, alegre y joven. “Hoy es un día muy pero muy especial, porque es como una comunión entre dos almas”. Me escribió en un papel amarillo, junto a su número de teléfono y firma Irma Mannisi, viuda de Stagnaro.

 

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ROSA BRILLANDO

Sobre textos de Marosa di Giorgio

Dramaturgia: Vanesa Maja y Juan Parodi

Intérprete: Vanesa Maja

Músicos: Gonzalo Gamallo

Dirección general: Juan Parodi

 


Querida Elena

Pi y Margall 1124

Reservas: 4361-5040

Funciones: Domingos 17hs