Nueva edición de la serie mujeres argentinas en el arte

Emilia Bertolé

Por Natividad Marón - Artes

Nacida en Rosario, Emilia Bertolé (1898-1949) supo conquistar a la aristocracia porteña con su personalidad enigmática, su encanto y su arte. Mucho mito envolvió a su figura, fomentado por las publicaciones de la época y surgido de su participación en la bohemia  de la Buenos Aires de los años 20.

“Es más que una mujer....es el arte.” (Federico García Lorca)

 

                Nacida en Rosario, Emilia Bertolé (1898-1949) supo conquistar a la aristocracia porteña con su personalidad enigmática, su encanto y su arte. Mucho mito envolvió a su figura, fomentado por las publicaciones de la época y surgido de su participación en la bohemia  de la Buenos Aires de los años 20. Ella misma supo alimentarlo: vestía a la moda, se codeaba con  intelectuales y retrataba a familias importantes. Sus obras llegaron a colecciones importantes, como la de Regina Pacini de Alvear, y fue convocada para retratar al presidente Hipólito Yrigoyen, en 1928.

                Pero todo mito tiene una faceta oculta. A Bertolé le costó mucho esfuerzo y sacrificio llegar a tener encargos importantes y poder vivir del arte, lo cual la convirtió en sostén de su familia y, según sus propias palabras, no le permitió liberarse plásticamente de parámetros establecidos por la época y el estilo de moda.

                Desde muy pequeña sus padres la estimularon en sus inclinaciones artísticas. Hacia 1912 expuso en el primer Salón de Arte Nacional de Rosario y, en 1915, envía obras al Salón Nacional de Buenos Aires, siendo premiada.  Su padre fue quien la acompañó, en 1916, cuando se estableció en la capital para realizar el retrato de la Sra. Aráoz Alfaro, primer encargo de envergadura que marcaría el comienzo de su carrera en la ciudad. Los círculos aristocráticos porteños supieron elegirla como su retratista y, si bien esto la alentó y estableció económicamente, también hizo que surgiera en Bertolé un dilema: si pintar por el arte o pintar para vivir.

                Se ha hablado de vinculaciones de su estilo con el simbolismo de Eugene Carriere u Odilon Redon, aunque notamos pocas obras, como “El libro de los versos” (de 1921), “Autorretrato” y “Desnudo” (ambas de 1937), que realmente podría considerarse “simbolista” y de distintas corrientes de dicho estilo. Quizás su estilo se asemeje más a ciertas obras de Alfredo Guido, quien fuera su compañero en el estudio de Mateo Casella, en Rosario. Otros artistas de su círculo íntimo fueron Miguel Victorica, César Caggiano y Emilio Centurión, con quien comparte determinadas pautas de estilo también.

                Fue dúctil para retratar en pastel y al óleo, buscando una verosimilitud con el retratado, pero no exacta. Cierta búsqueda psicológica yace en sus pinturas, más allá de la mímesis entre la figura y el retratado. Figuras envueltas en un entorno simbólico y poético particular se presentan frente a nuestros ojos para ser contempladas, permitiéndonos acercarnos quizás al carácter del representado, a cierta interioridad accesible sobre todo a través de la mirada. Lo pregnante es la figura principal, como en todo retrato, dejando el fondo limitado a hacerla resaltar o con ciertos rasgos decorativos sutiles y femeninos. Cabe mencionar que donde mejor se percibe la lectura de Emilia sobre aquellos que posaron para ella es en la representación de los ojos y las manos, ambas fuertes y contundentes, pero con cierto dejo de sutileza y suavidad. Pareciera que fueran para ella partes significantes especiales, marcas de carácter o de experiencias vividas. Indican fuertemente la femeneidad en los retratos de mujeres. Es más, sus propias manos se destacan cuando se pinta a ella misma, y fueron elogiada tanto por la prensa como en una publicidad de la época de quita esmaltes Cutex, así como retratadas por la afamada Anne-Marie Heinrich en una bellísima fotografía en blanco y negro.

En los cuadros realizados por encargo notamos una formalidad que se pierde en los que realizó sobre su familia (su hermana Cora, su hermano Miguel Ángel, su padre). Este ámbito fue quizás el que le otorgó la mayor libertad que tuvo en su trayectoria plástica. Aquí vemos la mano de Emilia libre, intimista, buscando rasgos psicológicos, poses, siempre con elegancia y delicadeza, sobre todo en los pasteles. Sus autorretratos siguen esta línea expresiva: se busca en su reflejo y se pinta como es, o como quiere que la vean. Entre los primeros, donde se encuentra la adolescente inocente en ámbitos de ensoñamiento, y los últimos, donde vemos a la mujer bohemia e interesante, enigmática, pareciera haber un abismo de vida.

La salida de Rosario y la llegada a Buenos Aires tiene que haber tenido que ver con esto. Además de su obra pictórica, Bertolé dedicó su inspiración a la poesía. En las tertulias del Café Tortoni se vinculó con el grupo literario “Anaconda”, liderado por Horacio Quiroga (quien se dice estuvo enamorado de ella), conociendo a  Baldomero Fernández Moreno, Raúl González Tuñón, Berta Singerman, Alfonsina Storni, Alfredo Bufano, entre otros. Este medio le proporcionó un ámbito de contactos, influencias y relaciones que incentivaron su expresión a través de la palabra. Aquí fue donde conoció a Federico García Lorca, quien diría tan bellas palabras sobre ella.  “Espejo en sombra” es el título de su único libro de poesías, editado en 1927. Citamos un poema a continuación:

 

La noche
Ha descendido sobre mi cansancio

En mi frente desnuda, su caricia
Pone una suave venda de letargo.

Inmóvil
Oigo el rumor de la ciudad, lejano.

Amortajada de silencio y sombra,
Descanso.

Fue una excelente ilustradora, trabajando para revistas como “El Hogar” y “Sintonía”, así como para el diario “La Capital”, durante la década del 30. En este período eran pocos quienes solicitaban sus retratos pictóricos debido a la crisis económica mundial, por eso abrió su horizonte laboral realizando ilustraciones de figuras del mundo del espectáculo como Hugo del Carril, Libertad Lamarque, Mercedes Simone, entre otros. También trabajó con esmero en la serie de cuadernos “Mujeres de América” y para la editorial Estrada, dibujando para manuales retratos de próceres de nuestra historia.

Su vida se apagó en Rosario, donde había vuelto a cuidar a su madre enferma. Pero su legado la sobrevive y ubica entre las primeras pintoras rosarinas y entre las primeras retratistas y poetisas argentinas. Entre la pintura y la poesía, aunque pintar sea “escribir” poesía en imágenes y escribir sea “pintar” imágenes como letras...Emilia Bertolé merece ser considerada una pionera de las artes en la Argentina.

Video: http://www.youtube.com/watch?v=itv_lm77jYI