pensar la literatura


Literatura y subversión

Ponencia dictada en la Pontífica Universidad Católica de Ecuador, en agosto del 2011, sobre la literatura y subversión, para tratar de pensar la literatura latinoamericana en el siglo XXI.

por Sebastián Luna

LA LITERATURA Y EL OTRO

Pensar la literatura en el siglo XXI, en América Latina, exige ir más allá de un par de tópicos que hasta hoy operan con vigor: el que la entiende fundamentalmente como sueño –como “el sueño de la Historia”–, y el que la entiende como metáfora –como “la metáfora de la Realidad”–. Sueño y metáfora: sí, por supuesto, ya se sabe. El problema, quizá, reside en los otros sustantivos: Historia y Realidad, con sus onerosas mayúsculas, tan aparentemente incontestables; instancias a las que la literatura, inexorablemente, se refiere, debe referirse, puesto que son su otro: el Gran Otro que (¿quién sino Él?) otorga significación y existencia legítimas a ese sueño y a esa metáfora que, según estas concepciones, son la literatura misma. Ustedes recordarán que este concepto, el del Gran Otro, es el que Lacan utilizaba para referirse al sistema universal de los discursos autorizados, los cuales constituyen al sujeto, que es, precisamente, sujeto (social) de esos discursos que lleva inscritos como inconsciente.

Este planteamiento reconoce a la literatura como algo esencialmente orbital o periférico de esas instancias mayores, o centrales, que son la Historia y la Realidad; entelequias, casi, por lo que tienen de objeto más o menos constituido y establecido por los discursos hegemónicos, que, como se sabe y se olvida con frecuencia, son los que fincan y parcelan ordenadamente –es decir en lo ideal–, las “versiones” de lo que, desordenadamente –es decir en lo real–, son la historia y la realidad de cada sujeto, con sus sucias, complejas y contradictorias minúsculas.

 

VERSIÓN, REVERSIÓN, SUBVERSIÓN

Este sujeto –el escritor– es el que a nosotros nos interesa para hablar de literatura y subversión. O mejor: para plantear, en el marco de esta ponencia, a la literatura como una forma de subversión. Acaso la más privilegiada pero no la menos inocua de cuantas pretenden despegarse de las “versiones” que, en todo momento, establecen los discursos hegemónicos para construir con ellas, con esas versiones, una Historia y una Realidad más o menos coherentes, previsibles, controlables y comprensibles. Éste es, sin duda, el ideal de los espíritus cientificistas, quienes prohijados por el discurso hegemónico de la Ciencia –el otro discurso hegemónico por excelencia es el del Mercado– se vanaglorian de poseer los instrumentos para descifrar no sólo el mundo visible –el mundo de los objetos–, sino también el mundo invisible –simbólico, inconsciente– de los sujetos. Y es que el sujeto, decía Jacques Lacan, “es lo que no puede convertirse (a no ser que imaginariamente, jamás realmente) en objeto”, es decir: en objeto para la ciencia (la psicología y la sociología), y/o en objeto para el mercado (la publicidad y el marketing). Hacerlo significa, precisamente, convertir al sujeto en objeto: bien mediante la objetivación científica, bien mediante la manipulación mercadotécnica, de lo más subjetivo –y subversivo– que hay en él: su deseo. Un deseo al que el psicoanalista francés solía referirse como “la metonimia del ser”, y que, en tanto que tal, no podía estar al servicio de los “bienes” objetivos y supuestamente comunes, y tampoco responder al cálculo de las “utilidades” impuestas y aceptadas sin hacer demasiadas preguntas. A propósito de esto, Néstor Braunstein anotaba lo siguiente:

 

En el mundo en que vivimos todo tiene que tener su función y servir para algo. ¿Para qué hablar de lo que no sirve, es decir, de lo que para Lacan define al goce: “lo que no sirve para nada”? ¿Para qué sirve un sueño? Freud tenía una respuesta que sigue siendo válida: para seguir durmiendo: “el sueño es el guardián del reposo”. En sí, como composición, al igual que las obras de arte, no sirve para nada. ¿Cuál es, entonces, su ética? Justamente, la de mostrar que en el mundo también existe, y clama para ser escuchado, aquello que no está al servicio de los “bienes”, la satisfacción obtenida por el paradójico camino del síntoma, la risa, la manifestación “por equivocación” de las intenciones reprobables que la cultura obliga a enmascarar, la queja disfrazada de lamento “depresivo”. Eso obedece a una ética que no responde al cálculo de las utilidades, a la representación de la realidad “tal como es”, a la razón instrumental y estadística, a la monarquía del número. Obedeciendo a esa ética que es en realidad una contra-ética (y aquí nos volvemos a cruzar con Aristóteles y la ética de la temperancia, de la virtud y del “justo medio”), el inconsciente insiste en articular un goce repudiado, descartado, mal-dito, ligado a la transgresión.

 

Sirva esta menuda reflexión acerca del deseo –que Lacan reelabora bajo el concepto de goce– como marco de referencia para pensar la literatura ya no como el sueño y la metáfora, y ni siquiera como el reverso de la Historia y/o de la Realidad (tal como reza el lugar común de la academia), sino como una forma sofisticada y sublimada de subversión frente a las versiones establecidas de las cosas; como una contra-ética, o si se prefiere, un contra-poder, pero en todo caso como un dispositivo formidable para el ejercicio del deseo mediante el artilugio de la ficción. Norman Mailer el viejo decía que una buena novela, del mismo modo que una buena hipótesis, constituye siempre un ataque a la naturaleza de la realidad: “las novelas y las hipótesis son aproximaciones siempre mejores que las verdades establecidas”. Hipo-tesis, Sub-versión: dos formas de nombrar lo mismo: la necesidad de un sujeto –el escritor– de producir otras versiones de las cosas: historias y realidades impuras, mutantes, fragmentarias, y, en cualquier caso, bastardas, que darían cuenta del deseo que existe reprimido y manipulado por los discursos hegemónicos que crean la realidad a la que debemos, civilizada y democráticamente, someternos. No sobra decir, en este sentido, que la hegemonía consiste en la construcción y en el mantenimiento, a través de la ideología, de los significantes autorizados que representan “lo” universal, “lo” típico, “lo” bueno, “lo” normal  –lo mismo la vieja ideología comunista con su significante por excelencia, “Solidaridad”, que la ya envejecida ideología liberal democrática con su significante “Derechos Humanos”, significantes ambos que, revestidos de universalidad, dignificados por el consenso de la “Moral Majority”, tuvieron, tienen, una función ideológica tendiente a encubrir las relaciones de dominación realmente existentes.

 

Es así como la hegemonía es aceptada (a veces sin verla) como la “normalidad”, pues lo que la gente quiere es sentir que entiende; quiere que sus experiencias se traduzcan en significados fijos, “legibles”, capaces de suministrarle la coherencia de la que carece. La legibilidad, anota Zlavoj Zizek, “no es un criterio neutro sino que depende del choque ideológico”, y gana siempre lo que puede leerse con más claridad.

Es pues en este ámbito, el de la hegemonía, donde podemos inscribir a la literatura como subversión –en el sentido discursivo y fundamental que venimos proponiendo, pues la realidad es el efecto del cruce, y del choque permanente, de un sinfín de discursos. La literatura, no pretende (no debería pretender) apropiarse de la realidad mediante su “conocimiento”, tal como lo hace la ciencia, ni preocuparse por la “verdad” de sus enunciados, tal como lo hacía, en otros tiempos, la filosofía, sino que, justamente, la literatura es (o debería ser) construcción del deseo en el acto mismo de la escritura, articulación de los significados y de los significantes que atañen no tanto a lo que el escritor sabe sino a lo que ignora sobre sí mismo.

Esta concepción de la literatura está, así, lejos de aquellas que la postulan como el sueño de la Historia y como la metáfora de la Realidad, como si la literatura hubiera de ser un satélite de éstas y no una historia y una realidad en sí misma, por sí misma, es decir, una sub-versión de perturbadora audacia ética y estética; y lejos, también, de aquella concepción mercadotécnica que le exige “contar una buena historia”, como si la literatura hubiera de someterse a las leyes del entretenimiento para poder competir con otras formas narrativas que no sólo dan cuenta de una realidad oficial y supuestamente objetiva, sino que también la endulzan hasta hacerla enteramente legible, prácticamente al alcance de cualquier entendimiento, convirtiéndola así en una historia “llena de sentido”, y por lo tanto digna de llevarse a la pantalla grande, o chica.

Es éste, pues, el punto de vista que nos autoriza a ver en la literatura la subversión que se corresponde con el deseo, metonimia de nuestro ser. 

 

 

Ponencia dictada en la Pontificia Universidad Católica de Ecuador, agosto de 2011