Ulises y el canto de las sirenas
"Lo cantado del canto no puede sino presentarse como silencio a oídos cerrados, tapiados, clausurados a la verdadera escucha"

por Carlos Rey; escritor.
Controvertido y exquisito texto del escritor Carlos Rey sobre las sirenas, el silencio, la escucha y el engaño: un tema tan infinito como irresuelto en la literatura y la filosofía, y a través del cual el autor dialoga con Homero, con Kafka, con Nietzsche
De Ulises se podía esperar todo, incluso que engañara a las Sirenas. Del mito sabemos que Ulises instruido por los consejos de la bruja Circe logró oír aquello que le estaba vedado escuchar a todo hombre a riesgo de perder su vida. Esto, sin embargo, no es de extrañar. Ulises pasa de ser uno de los hombres más astutos de cuantos astutos hubo en la tierra. Incontables historias de engaños y astucias pueblan su vida. El episodio con las Sirenas bien puede pasar por uno más dentro de esa lista interminable de aventuras. Sin embargo, cabe esperar lo contrario.
En efecto, resulta fácil y hasta cómodo interpretar la historia recurriendo a la anécdota por todos conocida: Ulises, amarrado de pies y manos al mástil de su barco, logra oír, conservando su vida, el canto prohibido de las Sirenas.
¿Pero qué es lo que oye Ulises, si es que algo oye?
Lo que se oye, lo cantado del canto de las Sirenas, no lo develaremos aquí.
Es muy posible que lo cantado del canto de las Sirenas no fuera nunca un canto univoco, uniforme, sino, por el contrario, siempre equívoco, misterioso y oculto. Todo aquel que se entregaba a su encanto oía aquello que le estaba destinado escuchar a su oído. Pero el canto únicamente toma relevancia para aquél que escucha estando en el tiempo de la escucha. Sólo así adquiere sentido, dirección, lo cantado del canto de las Sirenas. Ahora bien, ¿podemos decir que Ulises se había entregado a la escucha, que se hallaba en el tiempo de la escucha donde lo cantado del canto se hace audible, toma su voz y relevancia a oídos humanos?
Kafka, en una curiosa fábula, interpreta que las Sirenas ante el engaño de Ulises callaron, no permitiendo al héroe oír aquello que tanto ansiaba escuchar. Sin embargo, Kafka no niega que el silencio de las Sirenas fuera parte de su canto, incluso llega a decir que lo más terrible del canto es el silencio. Frente al silencio no hay escapatoria, asimismo como no hay escapatoria frente a lo cantado del canto. Lo cantado del canto, entonces, sería, entre otras cosas, también el silencio de las Sirenas.
Nietzsche, en una obra de difícil acceso por su atractivo, ya había hablado de la voz del silencio. ¿Pero es esta voz del silencio la que se presenta ante Ulises, amarrado de pies y manos al mástil de su barco, siendo este silencio parte de lo cantado del canto, o se trata, por el contrario, del otro silencio, el mudo, chato, insignificante, confundiéndose siempre con el ruido del mundo?
Quiérase o no, Ulises ha tenido una experiencia del canto. Él ha recorrido un camino, él se ha enfrentado a las Sirenas y ha oído lo que tenían para decir las Sirenas. Ya se trate de ruido bestial, inhumano, como recuerda Blanchot, o de silencio, un silencio más perturbador que el propio canto, siendo, no obstante, parte del canto, como dice Kafka, y asumamos que ambas interpretaciones tienen su parte de verdad, eso no invalida que Ulises haya tenido una experiencia del canto. Experiencia viene a significar aquí el recorrido que lleva a Ulises a enfrentarse al canto de las Sirenas, su preparación y predisposición a la escucha. Ulises se dispone a oír aquello que le esta vedado escuchar a todo hombre a riesgo de perder su vida. Se trata, por tanto, de una empresa riesgosa. Él lo sabe, por eso toma sus recaudos siguiendo los consejos de una bruja, una astuta como él. En consecuencia, se hace sujetar al mástil de su barco, sin antes haber sellado con miga de pan los oídos de sus hombres. En esto consiste la estratagema de Ulises, y ante tal estratagema lo cantado del canto de las Sirenas no puede sino cerrarse, ocultarse, abismarse en ese oscuro océano del cual proviene. Y no es que el canto de las divinas no estuviera allí para ser oído, escuchado, ya sea por un instante, resonando en todo su esplendor. De esto muy bien se dio cuenta Kafka, al decir que Ulises sabía que las Sirenas cantaban, imaginaba su canto, pero “sólo él se hallaba exento de oírlas”.
¿Por qué tal veladura? Las Sirenas cantaron, es probable que lo hayan hecho mejor que nunca, pero Ulises no escuchó por estar sujetado, resguardado, aprisionado en su propio tiempo.
La experiencia de Ulises tiene que haber sido una experiencia frustrante. No precisamente por no haber podido oír el canto oculto de las Sirenas (los hombres vivimos sin oírlo), sino, sobre todo, por haber recorrido el camino que conducía a la escucha y ante la exigencia del salto, haber elegido el engaño y la artimaña. Porque Ulises se reserva la entrega y en su reservarse se preserva en su propio tiempo sin atender a la exigencia que lo cantado del canto demanda a la escucha. Por eso lo cantado del canto no puede sino presentarse como silencio a oídos cerrados, tapiados, clausurados a la verdadera escucha. Ulises en su voluntad de engaño clausura toda escucha y ante tal clausura lo cantado del canto pasa silenciosamente, calladamente, siendo el otro silencio, el vacío, el mudo, el insignificante.
Lo cantado del canto pasa ante Ulises calladamente, silenciosamente, sin embargo, resonando en su propio tiempo interno, porque no es que lo cantado del canto no cante su canto remoto, sino que lo hace en su propio tiempo, tiempo del canto, su voz más propia, demandando para su escucha el paso al otro lado, al tiempo del canto, tiempo de la obra, donde toma su verdadero sentido lo cantado del canto. En consecuencia, el silencio mudo, sin temblor, ausente, que se hace presente ante Ulises, no es sino parte de él mismo, proveniente de sus propias entrañas aferradas al mástil de su barco, claro símbolo de la obcecación y conservación de un tiempo que no es el tiempo donde lo cantado del canto resuena.
Ahora bien, ¿podríamos creer que la solución para Ulises hubiera estado simplemente en haberse liberado de sus ataduras, y una vez hecho esto le hubiera quedado sin mas el paso libre a la escucha? ¿Pero no hablamos, acaso, nosotros, más arriba, de una entrega? Por supuesto. No son las sogas a doble vuelta las que impiden al héroe oír lo cantado del canto de las Sirenas, sino la voluntad de engaño, la artimaña que pretende oír aquello que sólo es posible escuchar a partir de una entrega en la escucha. Y aquí podemos tomar como advertencia y cuidado la actitud que adopta el propio Homero al referir el episodio estudiado. El poeta se remite sólo a escribir el preámbulo del canto, siendo, no por ello, parte de su propio canto: una invitación a seguir -lo que implica una entrega- a las Sirenas, y asimismo una exhortación a la escucha. Lo cantado del canto de las Sirenas no se hace presente en el canto de Homero, canto que lo tiene a Ulises como protagonista y, por lo tanto, atento a la escucha de ese canto: “Oh, Musa, dime del hábil varón ...”. Homero se encuentra entregado a la escucha del Canto de Ulises y no, por el contrario, a lo cantado del canto de las Sirenas que le exigiría un esfuerzo exclusivo y de otra índole. Con esto, a su vez, se prueba la exclusividad del canto, exclusividad que exige una apertura del oído, como así también la atención en la escucha. La apertura del oído se corresponde con el dejar ser audible la voz particular de lo cantado del canto que, a su vez, requiere, asimismo, una entrega en la escucha de ese canto particular, en sintonía directa con el prestar atención. En el prestar atención, que debemos entender más bien como un dejar que la atención se preste, se concentra la apertura y la entrega a la escucha de ese canto exclusivo.
Hay que saber que de una cosa no depende la escucha: de una dejadez, de un abandono, que sería lo más fácil a oírlo todo y a no oír nada. Lo cantado del canto canta cuando hay oídos atentos a la escucha. La atención requiere concentración, algo así y más que una preparación. Ulises había recorrido el camino a la escucha, pero lo traicionó su voluntad de engaño, su deseo de hacerse portador de un secreto, pero sin pretender dar el paso, el salto donde cobra sentido, dirección lo cantado del canto. Ante tal cerramiento lo cantado del canto no puede sino pasar calladamente, silenciosamente mudo. Tal vez, y a modo de cierta autodefensa, este silencio mudo sea también parte de su equivocidad, el único resguardo seguro donde lo cantado del canto se preserva en su propio tiempo interno.





















