Un manifiesto por la literatura
Los caminos perdidos de la poesía

Por Javier Galarza y Natalia Litvinova
Ante las poéticas predominantes en la Argentina, que desembocaron en diferentes variaciones del objetivismo, lo kitsch, el fluo y cosas aún más desalentadoras, consideramos necesario buscar nuevas opciones. Retomar la herencia de Huidobro y Vallejo, el Popol Vuh y los poetas del interior.
Centramos parte de nuestro interés en un retorno a la poesía rusa con el diálogo imprescindible entre las poéticas de Osip Mandelstam y Paul Celan. Frente al desmesurado interés por la poesía de T. S. Eliot, W. C. Williams, y las malas copias de Raymond Carver; frente al brote incesante de traducciones de Anne Sexton o Sylvia Plath, proponemos retomar una poesía más cercana a la que frecuentaron las mejores generaciones de la poesía argentina. No para volver al pasado sino para expandir nuestra mirada y avanzar hacia nuevas formas.
Alejandra Pizarnik miraba a París, Olga Orozco es deudora del romanticismo alemán, Juán L. Ortiz iba a los belgas y a los chinos. ¿A qué viene todo este furor por lo norteamericano? ¿No coincide esta miopía poética con la explosión de las dictaduras en América Latina, el neoliberalismo, el menemismo, etc? El resultado de este inexplicable entusiasmo ha sido un coloquialismo insípido, llano, donde la poesía argentina perdió intensidad.
Extrañamente, con la vuelta de la democracia, en Argentina se miró más que nunca a Estados Unidos, esto significa que no seguimos los ejemplos de lectura de M. A. Bustos (Hölderlin, Nerval) o Juan L. Ortiz (los poetas chinos, los simbolistas belgas y franceses). También nos gustan Eliot, E. Pound y Sylvia Plath, lógicamente, pero ¿se ha recorrido con el interés que merece la obra de Marina Tsvetáieva? Los que mencionan a Denise Levertov entre sus influencias, ¿cuánto saben de Cherubina de Gabriak o Zinaida Gippius? ¿Estamos frente a un problema político? ¿Qué es este nuevo canon que olvidó a Latinoamérica y a Europa? Los que leen el Dolce Stil Novo a través de Ezra Pound, ¿conocen los estudios de Osip Mandelstam sobre Dante Alighieri? ¿Cuántos de nuestros poetas han leído los espléndidos manifiestos acmeístas, mucho más ricos que el objetivismo si se trata de limpiar excesos de abstracción?
Nos dirán que la poesía no tiene bandera. Preferimos pensar en el gesto del poeta chileno Raúl Zurita que hizo escribir poesía en el cielo a los aviones norteamericanos, los mismos que tal vez bombardearon el Palacio de la Moneda. O en la dedicación con que Horacio Castillo trabajó a los griegos, dejando una obra notable.
Hugo Gola se preguntó hace poco cómo es posible que a Bustriazo Ortiz y a Jorge Leónidas Escudero se los haya leído a través de fotocopias hasta las recientes ediciones de sus obras.
Toda lectura es política. Planteamos nuestra forma de trabajo porque creemos en ella, convocando a un debate que abra nuevos y más ricos caminos para que la poesía se manifieste.




















