Premiado en el X Concurso Internacional Hespérides de Cuento

 

Una fiesta distinta

 

Foto: Hoy fue la entrega de premios en el X Concurso Internacional Hespérides de Cuento y Poesía

 

Por Damián Stiglitz

 

Este relato de Damián Stiglitz, publicado en julio de 2012 en La Voz Joven, fue galardonado este miércoles en el X Concurso Internacional Hespérides de Cuento y Poesía para el Género Cuento. Lo compartimos una vez más con nuestros lectores.

 

 

 

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A mi amigo Charly Zárate, con quien aprendí que no es necesario ser gay para defender los derechos GLTB y repudiar la persecución por orientación sexual. Porque el dolor ajeno también es mi dolor. Porque cualquier violación a los DDHH es digna de repudio. 

 

 

 

 

 

 

Cuando sonaron las campanas de Monserrat se cayó: porque ya estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían.

Bustos-Domecq (Borges & Bioy Casares). “La fiesta del monstruo”

 

 

Atáronle un pañuelo a la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes.

Esteban Etcheverría. “El Matadero”

 

 

 

 

 

S ituada al norte de Irán, en una meseta, al pie de los Montes Alborz, Teherán es la capital y el centro económico, político y cultural de la República Islámica de Irán. Su periferia abarca una superficie de ochenta y seis mil hectáreas y su población supera los siete millones de habitantes. Ésa era la ciudad donde vivía Ayaz Muammar.

 

Ayaz estudiaba Filosofía en la Universidad de Teherán. Cursaba el cuarto año de la carrera. Desde los quince años, trabajaba como vendedor en una tienda de libros usados, en el centro comercial de la capital iraní, que pertenecía a su tío materno.

 

A sus veintidós años, y después de algunas crisis emocionales, Ayaz aceptó su homosexualidad. En efecto, él nunca había sentido atracción por las mujeres. Y no tenía ningún problema en reconocer públicamente su orientación sexual sino fuera que en Irán esa confesión era equivalente a firmar la propia sentencia a muerte. Sabía bien que el Código Penal iraní sancionaba la sodomía con la pena capital.

 

Poco tiempo después, Ayaz comenzó a frecuentar la clandestina comunidad gay de Teherán que conoció a través de las redes sociales. Los encuentros se llevaban a cabo en un subrepticio bar, ubicado en una casita, en los suburbios de la ciudad.

 

Una de las tantas noches en que Ayaz frecuentaba aquel bar, conoció a Mahmoud, un joven estudiante de Derecho, también de la Universidad de Teherán, dos años menor que él.

 

Ambos eran huérfanos de padre y madre. Ayaz había sido criado por unos tíos ancianos que no tenían descendencia. De ellos, heredó su casa y la tienda de libros usados en la que trabajaba.

Los padres de Mahmoud habían muerto en un accidente también cuando él era muy chico de modo que toda su infancia y adolescencia la pasó en una casa para niños expósitos en las afueras de Teherán.

 

Ayaz y Mahmoud comenzaron una relación amorosa que fue creciendo a lo largo de los años. Nadie sabía de su relación, excepto los jóvenes que asistían a aquel bar secreto.

 

Ambos vivían su relación como un delito porque la legislación de ese país la consideraba un delito. Su amor lo vivían como un crimen porque la legislación de ese país lo consideraba un crimen.

 

A menudo Ayaz meditaba y se planteaba: ¿Por qué tengo que andar a escondidas? ¿Cuál es el pecado que estoy cometiendo? ¿Le estoy haciendo daño a alguien con mi relación? ¿Es un crimen amar a otra persona?

 

En el bar clandestino estaban a salvo. Nadie, ni la policía, ni el gobierno, ni los medios iraníes, sabían de su existencia.

 

Sin embargo, cada vez eran menos los jóvenes que asistían al bar. El destino de los ausentes era desconocido. ¿Desaparecían? ¿Se exiliaban del país? ¿Se quedaban encerrados en sus casas por miedo a ser descubiertos? Nadie lo sabía. Lo cierto es que, a medida que transcurrían los meses, eran cada vez menos los miembros de la comunidad gay de Teherán.

 

Las Guardias Revolucionarias, rama del ejército iraní de tendencia islamista extremista, y la policía iraní eran los responsables de controlar que no quedara ningún vestigio de sodomía en ningún rincón de Teherán.

 

 

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Por aquellos días, se informó de la llegada a Irán de una comitiva diplomática del gobierno de Venezuela.

En el mismo avión arribó un grupo de jóvenes sociólogos que, según anunciaron los medios oficiales, llegaban al país para desarrollar una investigación interdisciplinaria sobre la sociedad iraní, la cultura persa y la religión islámica para la Universidad de Caracas.

 

Una noche, uno de estos jóvenes venezolanos apareció en la puerta del bar clandestino que Ayaz y Mahmoud frecuentaban. Golpeó la puerta. Golnar, el dueño del bar, la entreabrió.  Era un joven alto, flaco, de tez mate:

 

  • ¡Buenas noches! - saludó el venezolano

  • Buenas noches, ¿en qué lo puedo ayudar?

  • Mi nombre es Roberto Gámez. Soy miembro de la CGV (Comunidad Gay Venezolana)

  • Bien… ¿y porqué me dice eso? ¿qué necesita?

  • En Venezuela tenemos noticias de que aquí funciona un bar donde se reúne la comunidad gay de Teherán. Vengo en representación de la comunidad homosexual venezolana para ayudarlos...

  • No sé de qué habla...

  • Sabemos cómo vive la comunidad GLTB en este país y queremos ayudarlos a denunciar en Amnistía Internacional las ejecuciones y torturas contra homosexuales. Hemos arribado con un grupo de jóvenes de la comunidad venezolana para llevarnos el testimonio a Venezuela y denunciarlo allá. Hemos compartido el avión con una comitiva del gobierno venezolano que lamentablemente viene a fortalecer las relaciones con Irán. Para encubrir el motivo real de nuestra visita a Irán nos hemos presentado ante los medios como 'sociólogos' que venimos a estudiar la sociedad iraní...

  • ...disculpe, acá no funciona ningún bar clandestino y no tenemos nada que ver con los gays. Es una casa particular. Lo siento, no lo puedo ayudar... - Golnar empezó a cerrar la puerta.

  • ¡Espere! – exclamó Roberto. Golnar se detuvo - ¡Acá tengo mi credencial de socio de la comunidad! – El joven le mostró el carnet de la Comunidad Gay Venezolana. Golnar lo miró detenidamente: no parecía estar falsificado.

  • Le aseguro, señor, que venimos a ayudarlos. Puede confiar en nosotros – Las palabras de aquel joven bastaron para que Golnar confiara.

  • Pase – le dijo Golnar.

 

El joven venezolano ingresó al bar. Golnar le presentó a Ayaz y Mahmoud, únicos visitantes por esas horas. Los invitó sentarse a los tres en la barra, les sirvió una copa de vino tinto y, finalmente, se dirigió al huésped:

  • Sabrá que acá, en Irán, el alcohol está prohibido. Está vedada la venta de cualquier bebida alcohólica. Lo poco que tenemos nos entra en contrabando...

  • ¡Qué terrible! Allá no podríamos vivir sin alcohol… - bromeó el venezolano - ¿Así que este vino entró en contrabando?

  • Así es – respondió Ayaz – De modo que en este bar... ¡sobran los motivos para que nos cuelguen a todos! - sentenció con sarcasmo.

 

Esa noche Golnar, el venezolano, Ayaz y Mahmoud conversaron durante casi una hora. Luego de presentarse y de algunos irrisorios comentarios, Golnar se dirigió al venezolano:

  • Bueno, y entonces, cuéntenos el motivo de su visita

  • Les cuento... Nosotros estamos enterados de lo que está sucediendo en este país con la comunidad GLTB. La persecución por orientación sexual en Irán llega a la comunidad gay venezolana mucho más de cerca que en otros países. -prendió un cigarrillo y continuó- Allá, en Venezuela, nosotros estamos muy indignados con nuestro presidente. Como sabrán, es el principal aliado de su presidente, Mahmoud Ahmadinejad, y su máximo socio en América Latina. Eso nos hace seguir mucho más de cerca los crímenes que se cometen acá contra la comunidad GLTB.

  • ¿Pero cómo? ¿No es que allá en Occidente se respetan los Derechos Humanos? ¿No es que viven en democracia? – preguntó Ayaz

  • Sí, vivimos en democracia. Pero, insólitamente, algunos mandatarios elegidos democráticamente en América Latina (y en otras partes de Occidente también) apoyan a tiranos y dictadores teocráticos como el que gobierna acá. ¿La razón? La estúpida lógica de que 'el enemigo de mi enemigo es mi amigo' y, dado que ambos son enemigos de Estados Unidos, Venezuela se ha unido a Irán sin importar los crímenes que comete.

  • ¡Un verdadero pacto con el Diablo! - replicó Ayaz

  • ¿Y a ese Chávez no le importa que se estén ejecutando acá a los homosexuales y a las mujeres? - preguntó Mahmoud

  • No, a él sólo le importa el rédito económico y político de la alianza. Su estrategia es negar los crímenes que se le adjudican a Ahmadinejad. Tal como lo hizo cuando en Irán se reprimió y se asesinó a manifestantes en las protestas por el fraude electoral de 2009 con el que Ahmadinejad fue reelecto.

  • ¿Pero Chávez no es socialista? ¿No es de izquierda? – preguntó Ayaz

  • Él se dice ‘izquierdista’. Pero entabla amistades con los dictadores más reaccionarios y sanguinarios de Oriente. Apoyó a Saddam Hussein en Irak, apoyó a Kadafi en Libia, apoya a Ahmadinejad en Irán y ahora también al presidente sirio, Al Assad, que también está reprimiendo y masacrando a su pueblo.

  • ¿Y qué dice el resto de la sociedad sobre esto?

  • Los estudiantes universitarios están indignados y han hecho marchas y actos de repudio contra este acuerdo venezolano-iraní. La comunidad judía venezolana, por ejemplo, también se ha manifestado en varias oportunidades en contra de esta alianza. Claro, a ellos les molesta que Ahmadinejad ha negado en sucesivas oportunidades la existencia del Holocausto judío que exterminó a seis millones de judíos, gitanos, gays...

  • ¡Y claro...! ¡Cómo no lo va a negar si él, y nuestros anteriores presidentes, están reproduciendo similar exterminio con nosotros acá! Hitler exterminaba homosexuales en Europa en el siglo XX. Ahmadinejad los extermina en Irán en el siglo XXI.

  • Tal como lo decís –contestó el venezolano sacando un papel de su maletín– Necesito entonces que me firmen este petitorio con nombre y apellido así juntamos las firmas para elevar una denuncia ante Amnistía Internacional Venezuela, que es la organización que se encarga de denunciar las violaciones a los Derechos Humanos en todo el mundo.

  • ¿Qué dice el papel? – preguntó Mahmoud

  • Resume los principales crímenes contra la comunidad gay. En primer lugar, denuncia la legislación penal iraní que sanciona la sodomía con la pena de muerte, las torturas contra homosexuales en las prisiones de Irán, las ejecuciones en la horca, las lapidaciones, etc. Tenemos un registro de más de cincuenta ejecuciones sólo en este año, veinticinco casos de tortura y vejación...

  • ¿Es necesario que firmemos ese papel? -preguntó Golnar- ¿No basta con tu visita y tu testimonio?

  • No. Cuantas más firmas tengamos, mejor. De ese modo, la denuncia es más verosímil.

  • De acuerdo – respondió Ayaz mientras firmaba el papel

  • ¿Y el nombre y apellido? ¿Lo podemos omitir? - preguntó Mahmoud dubitativo.

  • No, no lo omitan. Es necesario. Necesitamos tener un registro de quiénes son las víctimas para que la denuncia sea tomada con seriedad. ¡Cuántos más datos pongan mejor! - Ayaz, Mahmoud y Golnar intercambiaron miradas.

  • (…)

  • Pueden confiar en nosotros – agregó Roberto Gámez– ¡Venimos a ayudarlos!

  • ¡Muy bien! – contestó Mahmoud mientras le entregaba el papel a Golnar.

 

Golnar caviló unos segundos. Finalmente, firmó el papel y se lo entregó a Gámez confiando plenamente en aquel joven que tenía toda la apariencia de hablar con sinceridad. Se despidieron del venezolano y le agradecieron su solidaridad.

 

 

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Pasaron algunas semanas. Ayaz y Mahmoud pensaban que aquella denuncia de la comunidad gay venezolana en Amnistía Internacional llegaría a todos los medios del mundo. Confiaban que, en algún momento, el gobierno iraní debería enfrentar presiones internacionales de las Naciones Unidas para cesar con las persecuciones por orientación sexual.

 

A pesar de ello, la realidad no cambió. Sus amigos del bar seguieron desapareciendo. Cada vez, asistían menos miembros de la comunidad gay al bar y nadie sabía nada de ellos. Cada tanto se informaba en los medios de la ejecución de algún NN, presunto abusador o violador. Tal vez alguno de esos supuestos 'abusadores' era, en realidad, alguno de sus amigos desaparecidos.

 

Siguieron pasando los meses y no hubo noticias de ninguna denuncia internacionalcontra Irán. Ayaz y Mahmoud empezaron a perder la esperanza. No querían pasar su vida en Irán librando su suerte al azar y a organismos internacionales que nunca aparecían.

Creció en ellos la idea del exilio. Querían escaparse de ese infierno homofóbico y autoritario. Planeaban recaudar dinero y emigrar algún día a otro país donde pudieran vivir tranquilos, fuera de la clandestinidad y del miedo.

Pensaban incluso en emigrar a algún país donde pudieran contraer matrimonio:

 

  • Si nos vamos de Irán, podemos ir a algún país donde podamos casarnos.

  • Es buena idea

  • ¿Y en qué países podemos? - preguntó Ayaz

  • Mmmm... Si no me equivoco.. Holanda, Noruega, España, Suecia, Dinamarca, Bélgica...

  • ¿Islandia?

  • También. De hecho, Islandia es el primer país del mundo con una presidenta lesbiana. Que, además, fue la primera islandesa en casarse ni bien se aprobó la ley del matrimonio homosexual.

  • ¡Increíble! ¡No sabía eso! ¿Y dónde más? ¿Solamente en Europa?

  • No, también hay matrimonio gay en Sudáfrica, Argentina, Canadá, en algunos estados de los Estados Unidos...

  • ¿¿En Canadá?? ¿Me decís en serio?

  • Sí...

  • ¡Genial! ¡Nos vamos a vivir a Canadá! ¡A Québec! Tiene playas paradisíacas... ¡Y hablan en francés!

  • (...)

  • ¡Ya está! ¡Nos vamos a Canadá! - exclamó Ayaz entusiasta

  • ¡Qué delirante que sos, Ayaz! Ojalá fuera tan fácil... - replicó Mahmoud

  • ¿Me estás cargando? ¡Juntamos unos riales1 y nos vamos a Québec! À Québec por toujours! Nos vamos, nos vamos...

  • Ayaz, por favor...

  • ¡Así! ¡Sin nada! Vos, yo, dos pasajes de Irán a Canadá y dos mochilas con ropa y libros, nada más...

  • Dejá de delirar Ayaz, por favor... ¡Bajá a la tierra!

  • ...y se termina la vida clandestina, se termina la ilegalidad, se terminan los fantasmas de la tortura y la muerte, los amigos que desaparecen, se termina el miedo a la horca... Y, en lugar de eso: tolerancia, diversidad, nuestra boda...

  • (…)

  • ...playas paradisíacas en Québec y Montréal, oír y hablar en francés todo el tiempo, libertad, paz...

  • Ayaz...

  • ¡Lo estoy viendo, mi amor! ¡Lo estoy viendo! Una cabañita en una playa de Québec, a orillas del mar. ¡Sólo las rocas separan la playa de nuestra casa! ¡Rocas negras y puntiagudas! Al atardecer la marea es alta... el mar crece y choca contra las rocas...

  • No estaría mal...

  • y podríamos bajar todos los días a ver el amanecer, el atardecer, el anochecer... El cielo estrellado...

  • y podríamos estudiar literatura, artes, que allá no está censurado..

  • ¡Y podríamos tomar un poco de alcohol sin recibir azotes!

  • ¿¿Un poco?? ¿¿Me estás cargando?? - ironizó Mahmoud. Ayaz le contestó con una sonrisa.

  • ¡No falta nada para eso, mi amor! ¡No falta nada! Tenemos que ahorrar algunos riales y nos vamos... Nos vamos a Québec...

 

Ayaz y Mahmoud durante meses alimentaron ese sueño del exilio romántico que los transportara del infierno en el que vivían al paraíso que anhelaban, del fantasma de la tortura y la muerte a la libertad.

 

 

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Una madrugada Ayaz salía del bar, tras una larga velada de naipes, ajedrez e interminables debates de política con sus amigos del bar.

Después de despedirse de Mahmoud, se retiró en dirección a su casa apresurando la marcha, como solía hacer cada vez que salía del bar.

Era una noche muy fría. La neblina flotaba, densa y ondulante, por las calles de Teherán impidiendo toda visibilidad. Los edificios y las casas, sosegados, reposaban en la penumbra. Las calles, levemente ilumnidas por el tendido público, guardaban silencio a la espera del amanecer.

 

Cuando Ayaz llegaba a la esquina de su domicilio, un coche se detuvo justo detrás suyo y dos hombres descendieron del mismo. Tan rápido fue el movimiento de esos hombres que Ayaz no llegó a percibir la escena: sólo sintió cómo alguien lo tomaba del brazo, le cubría la cabeza con una capucha y lo maniataba con una cuerda mientras él forcejaba para liberarse. Todo en unos pocos segundos.

De un golpe en la nuca, lo desmayaron y lo metieron en el baúl del coche que, unos segundos después, reinició su marcha.

 

En seguida Ayaz recuperó su consciencia. No sabía dónde estaba.

Sintió el encierro.

No veía nada. Todo estaba oscuro.

Palpó sus alrededores con la mano derecha: no podía levantarse ni moverse porque estaba atado sobre algún caño o tubo de metal.

Sintió el movimiento del vehículo: comprendió que estaba adentro del baúl de un automóvil.

 

Escuchó una sirena. “Estoy en una ambulancia”, pensó. No, lo que oía no era la sirena de una ambulancia, era una sirena policial: estaba en un patrullero.

 

Sintió un escalofrío. Su corazón empezó a acelerarse. Inmediatamente se contuvo y respiró profundamente. Se tranquilizó. Pensó que, tal vez, lo habían confundido con algún delincuente. Pensó que seguramente no lo buscaban a él sino a otra persona. Al fin y al cabo, él nunca había cometido ningún delito, excepto el de “amar a una persona de su mismo sexo” pero, aún así, nadie sabía de su orientación sexual y, además, nadie podía probarla porque ni siquiera lo habían detenido en el bar clandestino o en compañía de su amante...

 

¡Sí! ¡Seguramente, lo habían detenido por error! Cuando pudiera explicarles a los guardias quién era, lo soltarían y volvería a estar en libertad y a reencontrarse con Mahmoud. ¡No había nada de qué preocuparse!

 

El automóvil se detuvo unos minutos después. Ayaz escuchó abrirse el baúl encima suyo. No veía nada. Lo bajaron del coche.

Un hombre lo tomó del brazo, lo condujo hasta una escalera y lo hizo descender por la misma. Entraron en un sótano.

 

El sótano era largo y oscuro. Un olor a humedad se desprendía de las paredes. El piso estaba cubierto de polvo y tierra. Del techo colgaba una lámpara vieja y mugrienta que apenas iluminaba dos camillas y una mesita al lado de éstas.

 

Segundos después de ingresar en aquel sótano, uno de los dos hombres que llevaba a Ayaz lo recostó en una de las camillas, le ató las manos y los pies con un par de cuerdas y le quitó de la cabeza la capucha que le habían colocado al aprehenderlo.

Ahora Ayaz podía ver: podía ver quiénes eran esos sujetos desconocidos que lo habían detenido sin darle ninguna explicación.

Ayaz miró fijamente a sus captores: eran tres hombres. El que lo había maniatado era un hombre morrudo y barbudo que llevaba puesto el traje de las Guardias Revolucionarias iraníes. Los otros dos, llevaban bigote y estaban vestidos de civil.

 

Inmediatamente el hombre barbudo se dirigió a él:

  • Ayaz Muammar, fuiste denunciado por sodomía hace algunas semanas... Y tenemos una prueba que confirma la denuncia.

  • ¡¡No es cierto!! ¡¡Suéltenme!! - gritó Ayaz sacudiéndose en la camilla

 

Durante unos segundos aquel guardia permaneció en silencio. Luego, extrajo un papel de un sobre, lo desplegó y lo leyó en voz baja. Enseguida continuó:

 

  • Como sabrás, la sodomía está condenada por el Código Penal Iraní, en la Parte Segunda, artículos 108 al 113...

  • ...y la pena es la muerte – agregó uno de los oficiales vestidos de civil

  • ¡¡No es cierto!! ¡¡Yo no cometí sodomía!! - gritó Ayaz exaltado mientras forcejeaba las cuerdas que inmovilizaban sus manos - ¿¿Dónde están las pruebas?? ¡Están confundidos! ¡No soy yo!

  • ¡Callate maricón! - respondió el hombre barbudo descargando una bofetada en el rostro de Ayaz; tal fue el impacto de aquella bofetada que de su boca brotó una hilacha de sangre que le empapó el rostro.

 

Para impedir que el rehén volviera gritar, uno de los hombres le colocó una mordaza en la boca y, acto seguido, le inyectó en el brazo izquierdo una jeringa con sedante para calmar su estado de ira.

 

A los pocos minutos, otros dos policías descendieron por la escalera. Ambos oficiales estaban vestidos con el uniforme de las Guardias Revolucionarias, llevaban un revólver en su cinturón y un cigarro prendido entre sus dedos.

 

Los hombres traían a Mahmoud, la pareja de Ayaz, esposado y maniatado.

Ayaz, atónito, lo vio entrar. Por unos segundos permaneció inmóvil, paralizado por la sorpresa. Inmediatamente empezó a zamarrearse en la camilla: estaba enfurecido. Intentaba gritar pero no podía hacerlo por la mordaza. Su furia e indignación burlaba todos los efectos del sedante.

 

Los policías que habían traído a Mahmoud, lo ataron en la otra camilla, lindante con la de Ayaz. En ese momento, el hombre barbudo, continuó leyendo:

 

  • El Artículo 109 del Código Penal iraní establece: “En caso de sodomía, tanto el sujeto activo como el pasivo serán condenados al castigo...”

-levantó la vista mientras se le dibujaba en el rostro una sonrisa macabra - ¡Pues bien! ¡Aquí tenemos tanto al pasivo como al activo! Y, sinceramente, no nos interesa saber cuál es cuál - agregó, mientras los demás policías reían.

 

Mirando de reojo a sus víctimas, prosiguió:

  • El Artículo 110 especifica: “El castigo para la sodomía es la muerte. El juez de la Sharia2 decide cómo se procederá a dar muerte a los culpables.” (...) Continuá vos, Sayyid. Yo voy a buscar unas herramientas... – le dijo a uno de los policías de civil que habían traído a Mahmoud.

 

Sayyid era muy joven, tal vez el más joven de los cinco policías. Alto, flaco, de tez oscura. Ante el pedido del barbudo, Sayyid intervino:

 

  • El crimen que cometieron ustedes es una ofensa gravísima contra el Islam y está penado por la Sharia. ¿Sabían Ustedes eso?

  • ¿¿Qué crimen cometimos?? ¿¿De qué crimen están hablando?? ¿¿Desde cuándo amar a otra persona es un acto criminal??- preguntó enardecido Mahmoud, que aún tenía la boca descubierta.

  • ¡Callate puto de mierda! - le gritó Sayyid, sujetándolo fuertemente del cuello para cortarle el paso del oxígeno - ¡Ustedes son enfermos! ¡Son porquerías para nuestra sociedad! ¡Son el excremento que contamina nuestra religión y nuestra moral! ¡Hay que matarlos a todos como cucarachas!

  • ¡¡Asesinos!! ¡¡Eso son Ustedes!! ¡¡Asesinos!! Matan a seres humanos por el solo hecho de amarse. ¡Genocidas! - Ante estos gritos, el otro policía vestido de civil, sujetó fuertemente del cabello a Mahmoud, mientras Sayyid le colocaba una mordaza en la boca.

 

El hombre barbudo regresó. Traía consigo una caja enorme, repleta de herramientas de trabajo. La apoyó sobre la mesa situada al lado de las camillas.

 

¿Para qué necesitarían estos policías una caja de herramientas en una detención? ¿Qué tienen que hacer herramientas de trabajo en un proceso judicial penal?

 

  • Lo que traigo acá son ‘las herramientas de la justicia’ – dijo el barbudo con una horrible sonrisa dibujada alrededor de sus labios - A ver… A ustedes les gustan las fiestas ¿cierto?... Se reúnen en ese bar sodomita para hacer fiestas ilegales... - Ayaz y Mahmoud lo observaban desafiantes, revolviéndose en las camillas más por furia que por miedo.

  • ...Bueno, prepárense entonces porque ahora empieza una fiesta... una fiesta un tanto distinta a las que ustedes frecuentan... - ironizó.

 

Ayaz y Mahmoud no podían hablar. Sólo miraban encolerizados la escena. Observaban atentos cómo el humo de los cigarrillos de aquellos hombres terroríficos ascendía hasta la lámpara que iluminaba el sótano y se perdía antes de llegar al techo.

 

Antes que Ayaz y Mahmoud pudieran intercambiar una mirada, Sayyid alzó un látigo que sacó de la caja de herramientas. Los forzó a ponerse boca-abajo y les bajó los pantalones. Comenzó a azotarles los traseros cada vez con más rigidez. El grito de los jóvenes acompañaba el ruido de cada latigazo formando una melodía tétrica. La sangre comenzaba a salir de las nalgas de los condenados. La magnitud del dolor iba en sintonía con la intensidad de aquellos gritos.

La fiesta ya había comenzado.

 

Inmediatamente, Sayyid procedió a quitarles las camisas y a azotarles las espaldas mientras gritaba de placer. Era una escena más de sadismo y tortura de las muchas que homosexuales, mujeres y disidentes políticos vivían cada día en ese país.

 

Los azotes en la espalda no cesaban. Las marcas eran cada vez más grandes. Los moretones que dejaba el látigo, inmensos. Mientras tanto, los demás policías observaban complacidos y se deleitaban con el espectáculo.

 

Durante una hora los jóvenes recibieron latigazos ininterrumpidamente hasta cumplir con los cien azotes estipulados por el artículo 121 del Código Penal Iraní. Las espaldas y las nalgas de aquellos jóvenes habían quedado de color rojizo, violáceo y negro como secuela de los azotes: ya no se distinguía el color piel que originariamente habían tenido.

Sin embargo, la fiesta no terminó en ese momento.

 

Con la colilla de sus cigarrillos, los dos policías de civil escribieron la leyenda “hamjens-garâ3 sobre las espaldas multicolores de los jóvenes mientras continuaban riendo a carcajadas. El dolor de las quemaduras era insoportable. Los policías gozaban de aquella escena como si se tratara de un espectáculo de humor. ¡Era una verdadera fiesta!

 

Después de los latigazos y las quemaduras, el policía barbudo prosiguió con el castigo aplicándoles una picana eléctrica exactamente en la zona de sus testículos. El dolor atroz se potenciaba en cada milésima de segundo. No satisfecho con tal castigo, continuó amputándoles los miembros viriles a ambos jóvenes con un estilete y sin anestesia, mientras murmuraba:

 

  • Total… ¿para qué lo quieren? Si no lo usan… - lo cual desencadenó largas carcajadas de los otros policías iraníes.

 

La picana eléctrica y el estilete eran parte de aquellas “herramientas de la justicia” que el policía barbudo había traído en su caja.

Así y todo, la función no terminó esa noche.

 

Los reos fueron dejados atados de pies y manos sobre las camillas, desnudos, con las heridas al descubierto y pasaron la noche solos, a oscuras, encerrados en ese helado sótano mugriento, sin alimento ni abrigo alguno.

 

Al día siguiente, el juez de la Sharia -responsable por ley de determinar la fecha y el método de ejecución- se hizo cargo del caso. ¡Qué veloz la justicia iraní! Y ese mismísimo día el magistrado dictó la sentencia eludiendo todos los pasos de cualquier proceso judicial: sin fiscales, sin abogados, sin peritos, sin mostrar pruebas y sin testigos.

 

Después de algunas horas de deliberación, el juez dictó la condena, el método y la fecha de ejecución de los jóvenes.

El castigo era la lapidación pública, el apedreamiento, el mismo que se utilizaba en ese país para castigar a las mujeres acusadas de adulterio.

La fecha escogida era, increíblemente, el día siguiente por la tarde: dos días después de su detención y un día después de la sentencia, los dos jóvenes iban a ser apedreados públicamente.

A pesar de que el método de ejecución estipulado por la ley era el ahorcamiento, “el haber ocultado clandestinamente su relación amorosa durante tanto tiempo” -según el juez de la Sharia- agravaba la figura penal del crimen por lo cual correspondía la pena de lapidación que producía mayor sufrimiento a los procesados que la horca. ¡La horca era un castigo demasiado suave e inofensivo en Irán!

 

Todo estaba presuntamente amparado por la ley. ¡La 'justicia' se llevaba a cabo en apenas dos días! ¡El juez definía la condena al día siguiente de la detención! Irán, además de leyes criminales, parecía tener también una justicia aún más homicida.

 

Ayaz y su pareja nunca habrían de saber quién había sido el denunciante porque ni siquiera se les respetó ese derecho. La alteración psicológica producida por las torturas, que los había dejado en estado de shock, tampoco les permitió reflexionar mucho acerca de los posibles delatores.

 

En los diarios y en los distintos medios, que estaban todos al servicio del Estado ya que la prensa disidente en Irán estaba prohibida, anunciaban: “Dos jóvenes violadores, acusados de pedofilia, serán ejecutados esta tarde en Teherán”.

¡Brillante e ingenioso método de simular ante la prensa internacional y los organismos de derechos humanos aquello que el Estado y la justicia iraní estaban haciendo!

 

Esos mismos epítetos se utilizaban cada vez que el gobierno iraní ejecutaba a un homosexual. Para los medios iraníes, todos los gays eran “violadores”, “pedófilos” y “abusadores”.

 

 

La decisión del juez de la Sharia y la ejecución fueron tan rápidas que, cuando los jóvenes fueron colocados en una plaza de Teherán y enterrados hasta la cintura para dar inicio al ritual público, Ayaz y Mahmoud todavía padecían el dolor de los latigazos, la picana eléctrica y las quemaduras.

 

La gente estaba concentrada en la plaza, a pocos metros de distancia de esos dos cuerpos aún vivos. Todos se mostraban expectantes y alborozados.

Era la segunda función de un espectáculo que había comenzado dos días antes pero que ese público no había podido presenciar. Por eso ahora la convocatoria era pública. Porque este tipo de fiestas en Irán siempre tenían dos funciones: una privada, en sótanos oscuros, con estiletes, azotes y picanas eléctricas; y otra, pública, en una plaza, en la que participaba la muchedumbre4.

 

Los espectadores, con varias piedras en sus manos, aguardaban el comienzo de la ceremonia pública.

 

Mientras terminaban de enterrar su cuerpo hasta la altura de su cintura, Ayaz recordó los momentos vividos con Mahmoud. Recordó sus sueños de exilio en Canadá, su anhelada boda, sus proyectos. Recordó a sus amistades, a sus familiares muertos. Vinieron a su mente sus lecturas, sus charlas, sus debates en aquel bar en el que había pasado tantas veladas.

 

Y, mientras recordaba todo eso, empezó a sentir un fuerte dolor en la frente como si aquellos recuerdos le golpearan la cabeza para salir de una vez de allí y hacerse realidad.

 

No veía nada porque la cabeza la tenía tapada con una sábana, como suele hacerse en estos rituales: sólo veía el blanco de la sábana.

Tampoco escuchaba nada porque ahora, en lugar de los murmullos entusiastas de la muchedumbre, oía apenas un fuerte zumbido en su oído.

Tampoco sentía nada porque el dolor que habían dejado los latigazos, la picana eléctrica y la colilla de los cigarrillos era tan profundo que tapaba cualquier otro dolor.

Sólo podía oler. Olía a sangre. Lo único que sentía en aquel momento era ese olor.

 

Hasta que, de pronto, recuperó la audición: ¡ahora escuchaba!

Escuchaba risas y carcajadas. Gente que reía y festejaba, gente que aplaudía y gritaba.

Y, en seguida, recuperó la visión: ¡ahora también veía!

Veía rojo. Todo rojo. La sábana ya no era blanca, era roja.

 

 

Cerró los ojos. Dejó que su mente se elevara.

 

 

Estaba en una pequeña cabaña, ¡en Québec!, a orillas del mar. Salió de la casa caminando en dirección a la playa para contemplar el atardecer. La cabaña estaba separada de la playa sólo por unas rocas negras y puntiagudas. Aquella tarde había marea alta y el mar impactaba, una y otra vez, contra las rocas. Ayaz se tumbó boca abajo sobre éstas.

 

Comenzó a arrastrarse, por las rocas puntiagudas, en dirección al mar.

Sentía su cuerpo desnudo rasparse en las piedras y lastimarse. Pero no le molestaba porque estaba en Québec, en la playa.

Veía cómo, mientras él se arrastraba, el agua del mar avanzaba por las rocas y llegaba hasta su cuerpo.

Sintió humedad y frío. Se asustó.

 

¡No había nada de qué asustarse! ¡Era la humedad del agua de mar lo que rozaba su cuerpo! Primero su nuca, después su espalda, finalmente su cintura. Por alguna razón, durante un buen rato, el agua no llegaba más allá de su cintura.

 

Un momento después, sintió que el agua lo cubría completamente: todo su cuerpo estaba ahora empapado por agua de mar. Empapado por el agua y lastimado por las rocas.

 

Casi no podía moverse pero siguió arrastrándose por las rocas en dirección al mar, buscando la libertad que el horizonte y el océano parecían ofrecerle.

De pronto, el mar y el horizonte parecieron alejarse. Cuanto más se acercaba él, más se alejaba el mar.

 

Así fue que, finalmente, tumbado entre las rocas y el agua, sintió que todos sus sentidos, lentamente, uno a uno, se fueron apagando. Primero la vista, luego el olfato, después el tacto y finalmente la audición. Hasta que ya no sintió más nada.

 

Fue entonces que aquella fiesta oficial y pública terminó.

Una más de las que solían celebrarse todos los días en esa ciudad, Teherán, situada al norte de Irán, en una meseta, al pie de los Montes Alborz...

 

 

Cuento finalista en el X Concurso Internacional Hespérides (2012)

 

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1 Rial: Moneda oficial iraní

2 Sharia: Ley islámica

3 “Maricones” en persa

4 Las grandes masas del pueblo iraní, trabajadores y estudiantes, no estaban presentes esa tarde en la plaza.